Trascendiendo el esencialismo energético masculino y femenino de la sexualidad consciente.
- 22 mar
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Es prácticamente imposible encontrar espacios de reflexión y de exploración de nuestras vivencias eróticas conscientes sin encontrarnos con las concepciones dualistas de energía masculina o energía femenina. Si buscáis en internet cursos, talleres, retiros, etc., relacionados con la sexualidad consciente, veréis con facilidad que incluyen esos términos en sus contenidos. Es un marco teórico que se ha logrado imponer en nuestras sociedades y que, cada vez más, está formando parte del imaginario colectivo en lo relativo a este tipo de prácticas eróticas.
Resulta también curioso que, a pesar de que se promulgue que estas supuestas energías están presentes en todos y cada uno de nosotros, sea cual sea nuestra sexualidad biológica o identidad de género, se ha normativizado que la existencia de características o morfologías expresivas del deseo y del placer son propias de lo masculino o lo femenino, cuando en realidad no son propias de ninguno de ellos o lo son de cualquier género dado.
Categorías como “penetrante, expansividad, actividad, firmeza, sostén” se asocian a lo masculino, y “receptividad, fluidez, creatividad, entrega, sensibilidad” se asocian a lo femenino. Se habla de una especie de energía que fluye de la genitalidad masculina y entra en la femenina, ¿reminiscencias coitocéntricas?, recirculando a la inversa a nivel superior.
Y es una pena que estos mensajes estén siendo difundidos incluso por quienes ejercen como profesionales de la sexología, que son irremediablemente atraídos por el marco teórico, ya normativo, de este esencialismo energético masculino/femenino, por su aceptación y fuerza atractiva económica que aporta. Llámense energías o polaridades, sin darnos cuenta, volvemos a caer en la trampa de los compartimentos y prejuicios de género, hechos científicamente cuestionables desde un punto de vista sexológico.
La respuesta sexual humana es plástica, diversa y, sobre todo, individual y biográfica.
El sistema nervioso no entiende de arquetipos: la piel no es "femenina" cuando recibe una caricia ni "masculina" cuando la busca; es, sencillamente, un campo de percepción biológica que busca conexión y seguridad. Al trascender estas etiquetas, permitimos que el encuentro erótico sea un espacio de libertad radical donde un hombre puede habitar su receptividad más profunda sin sentir que pierde su "esencia", y una mujer puede liderar su deseo con una direccionalidad feroz sin que se la tilde de estar en su "energía masculina".
Para avanzar hacia una verdadera sexualidad consciente, basada en la evidencia y el respeto a la diversidad, necesitamos desmantelar este altar de la dualidad.
Debemos empezar a hablar de capacidades humanas —como la ternura, la firmeza, la escucha o el impulso— en lugar de propiedades de género.
La conciencia, en su estado más puro de atención plena, no tiene sexo. Estar presente en el erotismo significa tener la valentía de desnudarse también de las expectativas de rol, permitiendo que en el encuentro surja lo que el cuerpo necesite expresar en ese momento presente, sin juicios previos.
Cultivemos la atención, la intención y la presencia en nuestras vivencias eróticas y, lo masculino y lo femenino, dejarán de tener sentido, ni siquiera a nivel teórico.
Solo cuando dejamos de intentar encajar en un molde binarista, es cuando podemos encontrarnos realmente con el ser humano que tenemos delante, con toda su complejidad, sus grises y su maravillosa imprevisibilidad.
La trascendencia no está en equilibrar dos energías opuestas, sino en integrar todas nuestras facetas en una vivencia erótica que sea, ante todo, auténticamente nuestra.



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